En economía se caracteriza como “enfermedad
holandesa” o “mal holandés” a la problemática suscitada en la excesiva
afluencia de divisas o capital externo, debido a algún fenómeno productivo
determinado, con características de boom, que lleva a la economía del país a
prácticamente depender de la exportación de un producto único, generalmente un
commodity, en perjuicio de los demás sectores de producción.
El término nació de la crisis experimentada
por la economía de los Países Bajos en la década del 60, originada en el
descubrimiento y sobreexplotación de nuevos yacimientos de hidrocarburos en el
Mar del Norte, que llevaron a esa zona riquezas extremas, pero que sin embargo
motivaron, a su vez, al descuido de las
otras áreas de producción, por la excesiva apreciación del florín, la
moneda oficial de Holanda, de forma tal que cuando cayó el precio internacional
del crudo, a raíz de la crisis de la OPEP, el trastorno financiero terminó afectando
a todo el país, como una integridad.
Chile experimentó lo que ahora se
conoce como “síndrome holandés”, a fines de los años 20 y principios de los
años 30, como consecuencia de la crisis del salitre, con caída general de la
producción, estancamiento económico, desempleo sumo, y por sobre todo pobreza y
miseria. Por ello, los distintos gobiernos de los decenios subsiguientes
iniciaron un plan de sustitución de importaciones, persiguiendo fortalecer la
economía interna y depender menos del capital foráneo, a través de medidas estratégicas
como la creación de la CORFO.
En la actualidad, pareciera que se
estuvieran dando otra vez las condiciones para la aparición del mal, producto
de la gigantesca entrada de dólares en razón de la explotación minera,
principalmente cobre y molibdeno. Pensamos que nunca antes había existido tanto
dinero en el país; pero ello, que debiera ser una bendición, a la postre puede derivar
en problemas de nivel macroeconómico. La explicación está en que el tipo de
cambio (valor de la divisa, principalmente del dólar) en Chile obedece a un
esquema flotante, es decir, dependiente del mercado, de la compra y venta
diaria de esa divisa. Si hay muchos dólares en el mercado su precio tiende a la
baja (que es lo mismo decir que se aprecia el valor de la moneda nacional, el
peso); y lo contrario ocurre con la poca disponibilidad de dólares en el medio.
De acuerdo a ello, la situación actual evidencia que, con el precio
internacional del cobre inusitadamente alto por mucho tiempo (3 dólares, casi
4, durante todo el año), y el reingreso de 4.000 millones de dólares, durante
2009, de los fondos soberanos en el exterior, para financiamiento de las
medidas anticrisis, ha devenido una excesiva oferta de la divisa extranjera en
el medio nacional, lo que ha llevado su precio a la baja sostenida, estando al
día de hoy calculado en, más o menos, 480 pesos el dólar (de $670 que llegó a valer alguna vez)
El problema es que el tipo de cambio
bajo desfavorece las exportaciones, especialmente en aquellos rubros en que la
empresa debe competir con el exterior, léase productos agrícolas, ganaderos y
forestales, o sustituir las importaciones, como en el caso de la pequeña y
mediana industria, porque, en este esquema, por cada dólar ganado la empresa
recibe menos valor en pesos, obteniendo una ganancia residual o, en la peor de
las situaciones, no alcanzando siquiera a cubrir sus costos de producción; con
todo lo cual se desincentiva la inversión y se desfavorece el empleo, tendiendo
la mano de obra, en general, a emigrar hacia los servicios, en las ciudades, y
hacia las zonas extractivas, productoras de los commidities.
Por el contrario, el dólar bajo beneficia
las importaciones, con lo cual sufre la industria nacional. Lo estamos viendo
en el caso extremo de la gran venta de automóviles, de lujo y corrientes, de
electrodomésticos, principalmente plasmas y computadores, y de teléfonos
celulares de gran coste (y de todo lo demás, desde un tornillo hasta la ropa
del retail). La excesiva liquidez mueve al movimiento bancario, proliferan los
préstamos, las tarjetas de crédito, los viajes al exterior. Todo ello en buena
onda, en tanto se mantengan altos los precios del commodity y sigan afluyendo
al país los dólares en grandes cantidades. Caso contrario sería si éste bajara
de precio intempestivamente, como ya ocurrió en 2008.
Para prevenir dicho tipo de problemas
nuestro país está organizado en el FEES, Fondo de Estabilización Económico y
Social, adonde van a parar los valores producto de los excedentes del cobre,
para utilizarlos en caso de contracción económica. De la misma manera, en
materia de presupuesto, existe la Regla Fiscal, o Balance de Superávit
Estructural, según la cual el gasto
público del país, en un año determinado, debe ser tal que el superávit del
ejercicio presupuestario alcance obligadamente a lo menos al 2% del PIB, habiéndose configurado dicho
presupuesto anual sobre la base de la estimación del precio del cobre a largo
plazo (es decir, no necesariamente alto y estable) y de un gasto público de
tendencia. El problema es que esta Regla Fiscal, que persigue moderación y
realismo en el gasto público, ha sido flexibilizada en los últimos años,
bajándola a un 1% del PIB e incluso a un 0,5% y, más aún, a 0%, seguramente
movida esta acción por las grandes necesidades del país a raíz de la crisis financiera
internacional. En el presupuesto de 2011, la Regla Fiscal ha quedado nuevamente
fijada en 1% del PIB.
La gran liquidez de las economías
internacionales, debido a las medidas contracíclicas (leíamos el otro día que Estados
Unidos volvió a inyectar a su sistema bancario 600.000 millones de dólares), la
baja sostenida en las tasas de interés (Estados Unidos la ha mantenido por
mucho tiempo en 0,25%, Chile la mantuvo varios meses en 0,5%) ha llevado a
acrecentar la cantidad de dinero en el mundo, haciendo el paraíso de los consumidores.
Sin embargo, las grandes economías del orbe,
E.E.U.U., Japón, la Eurozona, no terminan de levantar cabeza o evidencian una
recuperación demasiado lenta, y, por otra parte, la llamada periferia de Europa,
Grecia, Portugal, Irlanda y España, se debaten en aguda crisis, por el excesivo
gasto y caída de la producción, hasta el riesgo de caer en lo que los
economistas llaman “default”, cesación en sus pagos internos y externos, a no mediar la inyección
de recursos de fondos internacionales que tienen que acudir al rescate para
evitar la debacle en todo el continente.
Lo que está salvando al mundo, y en
particular a Chile, es el dinamismo de la economía de China y, en menor medida,
de India. Mientras China siga comprando el cobre nacional, todo se mantendrá
igual. Pero no se sabe a ciencia cierta hasta cuando puede durar este estado de
cosas. Por ello los economistas recomiendan que el Banco Central intervenga el
dólar (única entidad en el país que tiene el poder de hacerlo), como en 2008,
en que compró en el mercado nacional US$ 8.000 millones (a razón de 50 millones diarios, en subasta pública, durante varios meses), de modo
de presionar a la disminución de la masa de ese circulante y, por esa vía,
propender al alza de su precio. No obstante, según un crítico, no es bueno
estar haciendo intervenciones siempre, porque, con ese tipo de medidas, el
Banco Central adquiere una deuda, por el atesoramiento de dólares, los cuales
en un momento determinado tendrá que volver a colocar, y nunca se sabe a qué
precio, por desconocerse las condiciones exactas de ese mercado de futuro.
Otros economistas recomiendan la
fijación de cuotas de capital (lo ha hecho Brasil, entre otros), es decir,
entrar derechamente a limitar el ingreso de capitales al país. Pero tampoco
resulta una medida aconsejable porque, como decía un político, “la economía va
como avión” y resultaría inconsecuente frenar los afanes de inversión,
principalmente en la minería.
Lo verdaderamente aconsejable es
promover la mayor productividad, sobre todo en los sectores más alicaídos, no
sólo con mayor crédito fiscal sino que también con medidas simples de incentivo
microeconómico y que persiguen, en general, simplificar la vida de las Pymes. Entre
ellas se pueden nombrar la agilización de los trámites para el inicio de
actividades de nuevas empresas, acortando el período y abaratando los costos de
consolidación de las nuevas iniciativas, y la facilitación de los
procedimientos para sus exportaciones e importaciones, al par que se
simplifican también los trámites para cerrar las empresas que no han dado
resultado. Asimismo se menciona incentivar el trabajo a
distancia, persiguiendo integrar a mayores márgenes de la fuerza laboral;
reformular el sistema de capacitación con el desarrollo de bonos para
trabajadores y dueños de la pequeña y mediana empresa; y dar un nuevo impulso a
la inversión y el emprendimiento, reorientando los programas de CORFO, y de
investigación internacional, hacia las áreas de mayor necesidad o bien hacia
aquellas que es necesario profundizar. En síntesis, se trata de medidas
concretas y prácticas, caracterizadas en economía como de Segunda Generación,
de bajo impacto político, pero que van por la mayor eficiencia, productividad y competitividad,
por la vía del fortalecimiento de lo que se tiene y no renunciando a la
innovación y la exploración de nuevos mercados, todo lo cual debiera permitir
diversificar los destinos y también morigerar los riesgos de las dificultades
cambiarias.
Seguramente, seremos testigos en las
próximas semanas, o en un par de meses, de una nueva intervención del dólar por
parte del Banco Central, dado que esa es la tendencia señalada por los analistas
y académicos de Economía. Ello, sin duda, contribuirá a aliviar de momento la situación aflictiva por
la que atraviesan los productores tradicionales. Pero las intervenciones en la
microeconomía, y su perfeccionamiento futuro, deben ser consideradas como más
atingentes y de efectos más duraderos, porque constituyen medidas que van a lo
práctico y su permanencia en el tiempo debiera señalar la senda efectiva para
la superación de las barreras del subdesarrollo. Y tanto es así que ya varias
de ellas son materia de proyecto de ley en discusión en el Congreso, y otras
están a punto de serlo, suscitándose un consenso amplio al respecto, porque
quien podría negarse a este tipo de
innovaciones tan evidentes como necesarias. Más todavía en el momento que
vivimos, como nación, de riesgo de males económicos estructurales y de posible
repetición de crisis anteriores, por especialización en un producto de
exportación único o en exceso mayoritario, pero, por lo mismo, altamente
dependiente de los vaivenes de la delicada situación financiera internacional.



















Comentarios recientes
hace 4 horas 21 mins
hace 2 días
hace 3 días
hace 3 días
hace 3 días
hace 3 días
hace 6 días
hace 6 días
hace una semana
hace una semana