El libro “1962, el Mito del Mundial Chile”, escrito por el periodista valdiviano Daniel Matamala, actual editor de política y economía en el Departamento de Prensa de Canal 13 de Televisión, y conductor del programa “Telenoche”, es, como el título de la obra lo indica, una crítica directa y cáustica a la versión chilena de los Mundiales de fútbol, el cual, de acuerdo a lo que ha investigado el autor, constituye para la generalidad, pero especialmente para los europeos, una especie de mundial olvidado.
La tesis central de la obra apunta justamente a la desmitificación de lo que para la gran mayoría de los chilenos constituye una verdadera apoteosis de su fútbol, una epopeya lograda en 1962 por la nación chilena toda; y el autor lo hace apoyado en varias premisas claves. Primero, según su exégesis, está el caso de los estadios, porque pudiendo Chile recurrir a por lo menos 8 ciudades distintas para servir de sede, a saber, Santiago, Valparaíso, Viña del Mar, Concepción, Antofagasta, Talca, y hasta Temuco y Arica, hacia las cuales había que direccionar los recursos fiscales conseguidos, para ampliación y mejoramiento de sus respectivos estadios, Dittborn, quizás influido por aquello del terremoto, se comprometió prematuramente con ciudades más bien pequeñas (además de Santiago, que lógicamente era inamovible): Viña del Mar, por influencia de su alcalde, Rancagua, por intercesión de la Braden Company, que remodeló el estadio con recursos propios, y Arica, por el empeño que puso la Junta de Adelanto de esa ciudad. Craso error, porque ninguna de esas ciudades, salvo Santiago y hasta cierto punto Viña, tenía la capacidad logística suficiente para organizar un evento de esa magnitud. Arica era en esa época poco más que un pueblo, con muchas calles de tierra y nula capacidad hotelera, puras hosterías y residenciales, un estadio pequeño al cual costó un mundo dotar de césped, y apenas una cancha empastada para entrenamiento la cual, para remate, y por descuido, se malogró antes de que empezara el torneo, de forma tal que esos equipos tuvieron que entrenar sobre tierra. Por su parte, Rancagua era prácticamente una ciudad minera, y, por más recursos que dispusiera la Braden, su estadio no fue más que de madera (con qué ropa…) Todo esto queda demostrado en las exiguas asistencias, de lo cual sólo se salva Santiago (pero porque allí jugó Chile). La verdad es que las graderías vacías constituyen la tónica de este campeonato mundial, el que para Matamala constituye uno de los de menor asistencia promedio de los 20 realizados a 2009. Y en ese tiempo no había televisión fuera de Santiago la que más encima estaba en pañales, por lo tanto muy poca gente la podía ver, y malamente. Mientras que las transmisiones radiales hacia Europa se dificultaban por los múltiples puentes acústicos a los cuales necesariamente había que recurrir. Resultado, un mínimo de gente tuvo acceso a los partidos de nuestro Mundial.
Luego está el tema de la organización, la que, según Matemala, no fue tan buena como la pintan. Hubo problemas con la adjudicación de los recursos, y las obras de los estadios se entregaron a escaso mes, incluso a semanas de la inauguración del evento (el Estadio Nacional apenas a 6 días). Todo a la carrera, típico de Chile. Hubo desorden en los acomodos de las entradas, suscitándose un verdadero caos al respecto. Y hubo pésima gestión en los planes de viajes desde el extranjero pues se esperaban cuando menos 50.000 hinchas turistas en total, llegando sólo poco más del diez por ciento: fracasos en la venta de los tours especiales fue la explicación. Muchas familias se quedaron con sus residencias arregladas porque la organización había montado una campaña de colocación de extranjeros en casa familiares, a falta de hoteles, para lo cual se ofreció subsidios. Todo perdido, y además los precios estuvieron por las nubes. Fue tanta la desorganización que incluso ocurrió que en el partido inaugural, el 30 de mayo de 1962, entre Chile y Suiza, no se encontró el balón oficial. Alguien lo dejó olvidado en casa, y tuvo que partir un radiopatrulla de Carabineros, con sirena y baliza encendidas, de urgencia a buscarlo. Quizás el mundo no se dio cuenta de que los primeros 40 minutos de ese partido se jugaron con un balón no oficial. Todos, menos los dirigentes, que tienen claro que la edición chilena de los mundiales fue más bien deficitaria no sólo en lo económico sino que fundamentalmente en lo administrativo.
Y, claro, también está la calidad del espectáculo, caracterizado por un fútbol defensivo y un nivel de juego básico, con pocos goles, y en donde el físico imperó por sobre el talento. Pero, por sobre todo, el nuestro se caracteriza por ser un Mundial violento, con partidos convertidos en verdaderas ensaladas de patadas, como el de Yugoslavia – URSS, Argentina – Bulgaria, Italia – Alemania y ¡cómo no! Chile – Italia, comúnmente conocido por los periodistas especializados del orbe deportivo como “La Batalla de Santiago”. Fue tanta la violencia que al final de la primera ronda de 16 partidos había ya 24 jugadores de baja, varios de ellos con lesiones muy graves; tanto, que el presidente de la FIFA, Sir Stanley Rous, llegó a proponer la suspensión del campeonato, lo cual sólo pudo evitarse logrando el compromiso de los árbitros de poner más rigor en los cobros. Estos últimos también reciben su crítica. Por ejemplo, Leonel Sánchez no sólo debió ser expulsado del partido con Italia sino que de todo el campeonato, por el puñetazo en la cara que propinó al jugador Mario David (después confesaría que también golpeó al ítalo argentino Uberto Maschio, fracturándole la nariz). Y el crack brasileño Garrincha, expulsado en el match con Chile por golpe al zaguero Manuel Rodríguez, debió ser castigado por lo menos por un partido. Sin embargo aparece jugando en el compromiso siguiente, la final contra Checoslovaquia. Se dice que hasta el Presidente de Brasil intervino para que ello sucediera. Y Matamala insinúa la aparición del “hombre del maletín”, es decir, el dinero, la coima, en este y otros match.
Sin embargo, también hubo mala suerte. A las secuelas del terremoto de 9,5º se unió una gran sequía que obligó al racionamiento eléctrico. Problemas con las centrales hidroeléctricas “Cipreses”, “Sauzal” y “Pullinque” llevaron a cortar la luz en pleno campeonato. Tanto, que tuvo que intervenir la máxima autoridad para restablecer la energía en el centro de Santiago para el partido Chile – Yugoslavia. Además hubo fracaso de los craks mundiales, aquellos del Salón de la Fama (The Hall of Fame). Matamala afirma que en Chile coincidieron 5 de los mejores jugadores de la historia del fútbol: Pelé, Di Stefano, Puskas, Yashin y Garrincha. Como para hacer un Mundial de excelencia. Sin embargo, todos, excepto el último, fracasaron. Pelé se lesionó a temprana hora, Di Stefano se amurró con su entrenador Helenio Herrera y casi no jugó, Puskas y Yashin decididamente actuaron a media máquina, incluso este último decepcionó. Sólo quedó Garrincha, que brilló a su altura; pero quizás Chile fue su última gran presentación, porque después se la ganaron el alcoholismo y la mala vida. También algunos no vinieron dado que sus selecciones quedaron en el camino de las eliminatorias. No vino Just Fontaine, el mayor goleador de la historia de los mundiales, cuya Selección, Francia, tercera en el Mundial de Suecia 1958, fue inmerecidamente eliminada por los troncos búlgaros. Tampoco vino Eusebio, la Pantera Negra portuguesa, a cuya Selección le salió al paso Inglaterra, que al final clasificó. Y faltó a la justa de Chile la hasta entonces escuadra vicecampeona del mundo, Suecia, eliminada por la discreta Suiza.
Es cáustico Matamala; hiriente, si se quiere. Ensalza a Dittbon y después lo deja caer. Concluye que el dirigente quizás no era tan fanático por el Mundial si un año antes había postulado con muchas ganas a diputado por el primer distrito parlamentario de Santiago, es decir, en las elecciones de 1961. Y lo peor es que descubre que don Carlos no falleció por un ataque cardíaco supuestamente provocado por la sobrecarga de trabajo a raíz de la organización del Mundial, sino que por una pancreatitis mal cuidada, producto de su afición por la buena mesa y la buena vida. También que el “porque no tenemos nada lo queremos todo” no fue un discurso, ni una exclamación brillante y acertada, sino que más bien una idea fuerza que baña toda la tesis de Dittborn. Lo dice su viuda, Juanita Barros, investigada por Matamala. En todo caso, la muerte de don Carlos, el 28 de abril de 1962, a treinta y dos días de la Inauguración, fue una verdadera tragedia no sólo para el fútbol chileno sino que para el país entero, y, por qué no decirlo, para el mundo del fútbol en general. Su sucesor fue Juan Goñi, presidente de la Asociación Central de Fútbol, hombre de carácter terrible y sempiterno enemigo de Dittborn en lo dirigencial. Sin embargo, si Dittborn con su empatía logró la adjudicación del Mundial, éste, sin la aplicación final del irascible pero realizador Goñi no habría podido ser realizado ni llevado a buen término. Realmente, es cruel Matamala.
Incluso el libro asevera que Leonel Sánchez no fue uno de los goleadores del Mundial, con 4 goles, porque la FIFA ha fallado ahora último favorablemente en favor del yugoslavo Jerkovic, quien habría marcado 5 (uno de sus tantos había sido atribuido en primera instancia y erróneamente a uno de sus compañero), zanjando así una polémica y un reclamo de años.
Al final del día, la tesis central del autor, apoyado en muchos y variados datos, destruye nuestra ilusión, aquella de la gloria del país futbolero, que, en su momento, tocó las alturas de los mayores países del orbe, al ser capaz de organizar un Mundial de fútbol, Copa Jules Rimet antes, Copa FIFA ahora; y hacerlo en buena forma. Pero ¿será justa tanta crítica? Claro, cualquiera buscando y rebuscando podrá encontrar defectos aún en las obras más perfectas. Debe haber un afán masoquista y de autoflagelación reflejado en las ponencias de Matamala; de querer a toda costa ver lo malo en lo que en esencia fue concebido para ser bueno. Y una admiración exacerbada de lo foráneo y extranjero por sobre lo criollo (y verás como quieren en Chile al amigo cuando es forastero)
Me quedo con lo positivo de la obra, la multiplicidad de datos, muchos de ellos increíbles por su particularidad, como aquello de que el discurso inaugural del Mundial, pronunciado por el Presidente de la República, consistió en exactas 78 palabras; y que la bandera fue izada en el mástil de honor en aquella ceremonia por Carlos y Pablo Dittborn, hijos del malogrado dirigente. También que Juan Goñi, guiando su auto por las avenidas santiaguinas, aquella aciaga madrugada de la muerte de don Carlos, le dijo a Pedro Fornazzari, su copiloto, al pasar frente al Hospital del Salvador: “Maneja tú, yo ya no puedo”, y rompió a llorar. Que la famosa expresión “Justicia Divina” proviene de Julito Martínez, relatando el partido de Chile contra la URSS, en Arica, por el gol casi imposible de Leonel Sánchez, en un tiro libre casi sin ángulo, producto de una falta a Eladio Rojas, cobrada por el árbitro fuera del área, cuando había sido adentro, o sea, penal. Por último, que el famoso quiltro que paralizó por largos minutos, con sus correrías en los pastos del Sausalito, el partido entre Brasil e Inglaterra, fue después rescatado por los cariocas y llevado a Brasil como un héroe en el mismo avión que la selección verde amarilla, en donde se le hizo participar en los festejos del bicampeonato (Brasil logró ser campeón en Suecia 1958 y Chile 1962). Incluso la hinchada le bautizó con ese nombre: “Bi”.
Por todo ello y mucho más, el Mundial del 62, fundamentalmente, fue para nosotros, los chilenos, una fiesta universal del deporte del balón, y una consigna general que nos invadió de alegría. Por lo que de todo corazón, hemos agradecido siempre a quienes nos brindaron la ocasión. Y aunque sea en la derrota, Daniel, y con sonoro ce hache i, hemos bailado siempre, al ritmo de Germán Casas y por este motivo, rock and roll. (¿o mejor cueca?)
Gol, gol chileno; justicia divina; porque no tenemos nada lo queremos todo… Y qué jue. Viva Chile, miércale.
















Selección del 62
Se me fueron cerrando los espacios, arriba; y además, para variar, ya me estaba pasando de extenso. Pero creo que es justicia recordar a aquella mítica Selección Chilena de 1962, que logró el 3er Mundial en dicho campeonato, y que los representantes de mi generación, y con mayor razón los de generaciones anteriores, repiten de memoria, como un Padrenuestro:
Misael Escuti;
Luis Eyzaguirre, Raúl Sánchez y Sergio Navarro
Carlos Contreras y Eladio Rojas
Jaime Ramírez, Jorge Toro, Honorino Landa, Alberto Foullioux y Leonel Sánchez
Jugaron también el arquero Adán Godoy, Los defensas Humberto "Chita" Cruz y Manuel Rodríguez; y los delanteros Mario Moreno, Armando Tobar y Carlos Campos.
Hay mucho material para comentar aquí, pero, la verdad, no quiero pecar otra vez de extenso.