El surco guiaba el chorrito de agua que caía desde la llave, mirábamos extasiados el recorrido, de la pequeña serpiente que devoraba la sequedad de la tierra, su camino era inmensamente largo para nuestra mirada de niños , se aventuraba entre los volúmenes y recovecos de la tierra, haciendo ríos y cascada islas y fiordos ,cantando la dulce melodía del agua generosa, que desafía la imperante potencia del astro señor de la jornada, nosotros la animábamos corrigiendo el surco, para que con rapidez llegara a mojar los cientos de dedos, los pies de “la higuera”,que agradecida lucia el gris azulino y claro de sus raíces encarnadas en este patio, sobre la piel de esta tierra mejillonina, su tronco estaba sitiado por varios viejos durmientes, oscuros y grasosos, guardianes infalibles que contenían el agua, para que esa gruesa garganta de madera saciara su sed, ellos también en antaño fueron fornidos árboles que vigilaban con su verde mirada las aguas del río Maule.
El olor de la primavera, merodeaba ya en nuestro patio, flirteando con los embates del aroma, de los recién lavados cabellos del mar. El fresco verdor de las miles de mariposas que surgían del interior de las ramas prometía el vuelo anclado de las hojas. Nuestra higuera una isla, un grito vegetal, una grieta que dejaba entrever el paraíso, ése de la contradicción y la obstinación humana. Y así la vida nos ofrecía nuestro canal de Suez, allí estaba cortando en dos el patio de nuestra casa, esa herida fresca que hurtaba una línea del azul del cielo. Ese milagro, que venia secretamente desde la cuna salina del mar, transformado en un elixir transparente, y potable.
Así nosotros poseíamos dos veces por día este río iniciático que como un espejismo iluminaba la planicie austera de nuestro patio, para encantar con los líquidos murmullos, la dulce exuberancia de la higuera.
Día a día observábamos como su desnudes se vestía poco a poco, con el aleteo de las hojas. Cada día ventoso entonaban, el claro sonido de cristal, el mismo chocar de las copas en una boda.
Cada mañana el azul nítido del cielo, se iba poblando de los toques clorofílicos del pincel de agua, el verde, ese verde oloroso que tomaba por asalto las puertas y ventanas hasta llegar a mi lecho e invitarme a una nueva mirada, cosa de verificar si nuestra novia estaba lista…
Las nupcias se anunciaban, pero no era aun el momento de enrredarse entre sus brazos.
Cada día sus firmes uñas de Machi se alargaban, para esperar la noche y así contar las estrellas, tal vez por cada cometa una breva y por cada estrella un higo, generosa cuenta para nuestro regocijo.
Su tímida sombra se acurrucaba sobre el muro de la casa deslizándose según los deseos del sol, y multiplicaba generosa su asistencia para entregarnos frescor, enlazando con un primaveral abrazo a nuestra humilde morada, verde tejido, que escribía su caligrafía de sombras sobre aquel tibio suelo.
La esperábamos con la impaciencia de los niños, que esperan un maravilloso regalo, como cada año nos revelara un nuevo misterio, sus botones escondidos entre las hojas se preparaban con pulcritud litúrgica, para ofrecerle al cielo su semilla, queríamos impacientes que el día de esa revelación llegara.
El trino alegres de los gorriones anunciaban, las buenas nuevas, el fruto ya estaba allí adornando el frondoso auge de la higuera, oscuro y terso, entre las sombras y cavernas de las hojas.
Ese nido de hojas frescas y verdes nos esperaba y era fácil trepar a esa nube verde con nuestros pies descalzos, hasta el dedo mas pequeño de nuestros pies se adaptaba a las mas minima protuberancia, nuestras manos se “agarravan” como garfios, a la áspera corteza de la novia, y subíamos a su vientre acogedor, cada cual elegía con minuciosidad su rama, y como fetos nos acomodábamos para dominar desde la altura.
El frescor de aquellas alas vegetales nos limpiaba la mirada, veíamos la larga extensión del pan azul morado de punta de Angamos servido sobre la planicie esmeralda de esa mesa/mar.
Solo vestíamos un pantalón corto pues los días de calor se sucedían incansables, esa era nuestra guarida y allí permanecíamos toda la mañana , pasábamos mucho tiempo inmóviles , a tal punto que muchos gorriones se posaban muy cerca de nosotros, estábamos extasiados, fascinados por el paisaje y muchos de los códigos de esa metafísica se denudarían para nosotros. Los techos de calaminas parecían temblar con el calor, la geométrica división de los patios era rota por la gesticulación incoherente de la ropa tendida, al moverse con la brisa que llegaba desde el mar, mas allá la pequeña capilla esperaba echada, cual un animal al acecho, que los feligreses vinieran cada fin de semana para devorarlos con el hambre de la fe.
Mas allá las amarillas polvaredas de las rocas de caolinas se enrollaban con papeles y cartones en un juego fugaz, para lanzarse en enloquecidas torsiones sobre los muelles que lavaban eternamente sus pies, frotándolos incansables con la arena hasta gastarlos.
Ondulando las espumas, el mar, entonaba su concierto matinal más lento, piano, piano, su orilla calmadamente bostezaba estirando su voz para anunciar la bienvenida, nosotros como Ulises resistíamos el llamado del mar, hasta después del almuerzo, nuestra mañana estaba dedicada a bien amada “ higuera”.
Y así, llegaba el tiempo de la madures de los frutos, el rojo oscuro, casi negro, envolvía la breva, grande, generosa, su abundante jugo casi rebalsada su piel, la atrapábamos en la boca con cariño, cada mordisco liberaba su sabor embriagante, el sabor dulce impregnaba el paladar y la sensación de formar parte de la savia del árbol se hacia evidente, cada fruto era situado de manera casi precisa y nos orientábamos según las formas de las ramas de manera eficaz, de forma que cuando un fruto joven aparecía, se repertoriaba, nunca comíamos en exceso, y jamás los frutos expuestos al sol porque tenían el efecto de un poderoso purgante. Abandonábamos nuestra amada ,solo para comer, sentados en una pequeña mesa, protegidos del sol por su amable y abundante ramaje, junto a la mesa en un tarro lleno de agua fresca flotaban una treintena de frutos para nuestro postre, mi padre antes de comerlos los examinaba como si se tratara de una joya, les quitaba la piel y los saboreaba serrando los ojos.
Mi madre decía: “Cuando aparezcan los higos, recojan varios, haré mermelada para este invierno”.
“Con un poco de nueces” replicaba mi padre.
Con nuestro espíritu de conquistadores saltábamos a otros dominios celestiales, las higueras del vecino, esta eran sus hermanas frondosas, inmensas fastuosas, sus ramas se extendían hasta entre cruzarse con la nuestra, y con nuestro carácter de simios celestiales nos trasladábamos a los brazos de “las otras”, estas eran mas fresquitas y después de comer era cosa de instalarse en el tronco principal, apoyar su espalda contra el , las nalgas en la orquilla y los pies en alto dejando la mejilla apoyada en el brazo y este sobre una rama, eramos dos pájaros anidados entre las plumas del sueño, el ruido del mar que llegaba a intervalos regulares era nuestro somnífero, dormíamos profundamente.
Yo, soñé una vez que emprendía el vuelo sobre la costa y partía hacia la playa “hornitos”, desperté del golpe, había caído sobre la mesa de nuestro vecino que se tomaba un vinito blanco heladito a la sombra de sus higueras, no supe nunca que fue lo que rompí, pues con un salto de mono asustado, pude en dos segundo volver a nuestra cobija, y ocultar mi vergüenza, cual Adán entre las hojas del arbolito ajeno.
Ese era nuestro secreto, nuestra estadía en el cielo era cotidiana, a partir del fin de la primavera y comienzos del verano, era un Arcano de alta importancia. Nuestro Tarot celeste había sido tirado, solo nos quedaba descifrar nuestro destino…
Pero, no estábamos solos, alguien había penetrado nuestro secreto…
Ya era el tiempo de los higos, si aquellos que mi madre apreciaba enormemente para su mermelada, estaban ya en su punto y estábamos recogiendo algunos, cuando del bajo mundo escuchamos una voz…
¿Qué esta haciendo allá arriba?... Innoble espía, EL TITO el cabro chico conocía nuestro secreto…
¿Puedo subir?
Dejamos que subiera y compartimos con el nuestros manjares, para el, eran todos aquellos higos que estaban especialmente expuestos al sol…
Una hora después nuestro amigo, bajó de nuestro dominio celestial más rápido que un “piquero”… cagado hasta los pies…
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hugo lo que has escrito me trajo muchos recuerdo
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Pedro.
Es la ley de gravitación universal (vale para todo y todos ) jajajajajajaja... según Newton.
Saludos.
Hugo León
Hola amigo por favor necesito tu correo urgente, gracias Pedro Guerra Pavez, Saludos Hugo.
PEDRO PERICO...
te mande mi correo a tu mensajeria...
En mi casa...
...había una parra de higos rubios, estaba justo saliendo hacia el patio, a un costado de la escalera. Allí había un pilón que siempre se mantenía con agua, así no había necesidad de regarla. Cuando niño me decían que si quería aprender a tocar guitarra, debía sentarme debajo de la higuera a la medianoche de San Juan. Siempre me dio miedo, asi que aprendí solito, sin ayuda del diablo.
Hola Pedro.
De esa parra de los higos rubios le gustaba comer al amigo Pedro Perico G jajajajajajaa( no se vaya a enojar y echarme las ......jijijijijij)
Te cuento que yo tuve una parra en Chile, que nunca dió higos, así es que me aburrió y la decoré con flores de pláticos, mi esposo cuando la vió casi le dió ataque de risa, como el es del campo no asoció una parra florida, mis ideas locas jajajajajaja.
Te voy a enviar un video bueno.
Saludos Nury
fe de errata!!!!!!
Higuera, no "parra", me equivoqué, tanto tiempo fuera de Chile, estoy confundiendo higos con uva jajajajajaja personen los amigos lectores!!!!!!!
Esto se parece al chiste del quirquincho que venía bajándose de una escobilla, se equivocó jajajajajajaja
Saludos Nury
hummm!!, ...esos higos
eran exquisitos, en su interior parecía que tenían miel. Daba muy poquitos, mi papá me acuerdo que traía guano de Fertilizantes y le agregaba azufre por las hormigas. Cuando estaban verdes y aún no maduraban brotaba un líquido idéntico a la leche.
CÓMO SERÍA EL VINAGRE...
...DE HIGOS???
Pedro tú eres el culpable, me confundiste jajajajajajajaj
Para que escribiste que en tu casa había una parra de higos rubios.......jajajajajaja
Bueno de algo hay que reirse, la risa alarga la vida dicen jijijijijijijji
Saludos.
cierto!!!
...me tomaré un traguito amargo de vhigo!!, ...me he reído mucho de este impasse!!
Súbeme el vídeo de ...
...Bob Marley, "Don´t worry be happy!!, yo desde aquí no puedo.

















cuando eramos chico en el ferrocarril, en la corrida de los jefes. vivia la tia Erminia martines. la mama del Camilo paredes, y del cato paredes.cuando hivamos ala casa de la tia nos subiamos al techo para sacar los higos maduros comiamos tanto que nos pasaba lo ultimo que escribiste una dearrea jajajajajajajajajaja.