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Un Sueño Salvaje

Enviado por Mario Pérez Salinas el 15/01/2012 a las 0:33
Mario Pérez Salinas

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            El tema está de moda, National Geographic acaba de lanzar un video de más de 90 minutos de duración sobre esa aventura y en Hollywood se está rodando una película de lo mismo, producida nada menos que por Julia Roberts. También hay una serie de libros escritos en los últimos años al respecto: “Los Fantasmas del Everest”, “La Última Ascensión”, “El Explorador Perdido”, “El Misterio del Everest”, etc; lamentablemente todos ellos disponibles sólo en Amazon, obviamente en Inglés, y no en nuestras librerías.

            En 1924, dos alpinistas ingleses, George Mallory y Andrew Irvine, murieron en su intento de escalar por primera vez en la historia el monte más alto del mundo, el Everest, de 8.848 m sobre el nivel del mar, en los Himalayas. Fueron vistos por última vez, por un compañero de aventuras a través de un potente telescopio, sobre la arista noreste de la inmensa y helada mole rocosa, encaminándose resueltamente hacia su nevada cima distante tan sólo unos 300 metros, y desaparecieron tras una nube y para siempre pues no se volvió a saber de ellos, dándose origen al más grande de los misterios del alpinismo mundial: ¿Llegaron Mallory e Irvine a la cima, adelantándose en 29 años a la conquista oficial de esa cumbre, lograda en 1953 por otro equipo británico? ¿O tuvieron que desistir por las dificultades de la empresa, desbarrancándose al regreso? Para los más románticos sí lograron hacer cumbre; para los positivistas, las técnicas utilizadas en la época lo hacían imposible. El misterio perduró en su integridad a lo largo de 75 años, hasta 1999 en que una expedición norteamericana encontró el cuerpo de Mallory a 8.250 m, inerte pero perfectamente conservado sobre una repisa pedregosa del lado norte del monte, y el examen de esos restos ha inducido a nuevas hipótesis sobre lo que realmente habría ocurrido en el lugar esa tarde-noche del 8 de junio de 1924. 

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            Efectivamente, fueron el neozelandés Edmund Hillary y el sherpa Tenzig Norgay, componentes de otra gran expedición británica, los que por primera vez en la historia de la humanidad lograron hacer pie en la cima del Everest, el techo del mundo, a las 11.30 Hrs. del 29 de mayo de 1953, para lo cual utilizaron la ruta del collado sur, accediendo desde Nepal. Para esa época el alpinismo había progresado notablemente a través de nuevas técnicas de escalamiento y la disponibilidad de equipos más sofisticados, creados a partir de diseños de la NASA, sobre todo en dispositivos de oxigeno, cuerdas sintéticas, vestuario de duvet y polímeros y calzado ultratérmico. Desde entonces han sido decenas las expediciones (incluidas tres expediciones chilenas, una de ellas de mujeres) que han alcanzado la meta, gente de las más diversas nacionalidades, hombres y mujeres, solitarios o acompañados, con o sin oxígeno, generalmente por el collado sur, aunque muchos también han perecido en el intento ya sea ascendiendo a la cumbre o en su turno de bajada. Pero todas estas nuevas expediciones contaron con la ayuda de las anteriores que dejaron instaladas cuerdas e incluso escalas a través de los distintos trayectos de acceso. Distinto a Mallory y Hillary que cada paso que dieron tuvieron que hacerlo hacia lo desconocido.  

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            También muchos alpinistas y entendidos en la materia continúan criticando lo que consideran “el circo del Everest”, con verdaderas empresas de turismo montadas al efecto, y dejando en la masa piramidal del Chomolungma (Diosa Madre del Universo, así le llaman los tibetanos) toneladas de basuras y desechos. Pero aún así, la ascensión a la  montaña más alta del mundo continúa siendo una de las empresas más riesgosas que pueda emprender el hombre. Más de doscientas personas han desaparecido en sus laderas, y sólo se ha reencontrado a unas cincuenta. En la ruta a la cima hay unos 40 cadáveres visibles los cuales incluso sirven de puntos de orientación a los nuevos escaladores. La peor de las tragedias ocurrió en 1996, cuando a raíz  de  una repentina ventisca murieron 15 de esos aventureros en un solo día.

            El  principal peligro del Everest está constituido por el llamado “mal de altura” el cual empieza a experimentarse ya a los 2.500 m, requiriéndose para superarlo un período considerable de aclimatación como modo de aumentar el número de glóbulos rojos que requiere el organismo para transportar el oxígeno que hay en la sangre. Además está el clima extremo imperante en la zona, que en su mejor época llega a  19° bajo 0 pero que normalmente puede alcanzar a -36° e incluso hasta -60° a mayor altura. Están también las grietas ocultas, producidas cuando la nieve de los glaciares se resquebraja por la acción del sol, las cuales se encuentran mayormente en la base del monte pero también las hay más arriba. Y finalmente están los sempiternos aludes. Por todas estas causas ha muerto gente en la montaña, por falta de oxígeno, por congelación, perdida en una grieta o sepultada por un alud. El problema mayor sobreviene sobre el nivel de  los 8.000 m, llamada por los alpinistas la “zona de la muerte”, en que la falta de oxígeno obliga al organismo a reducir al máximo sus capacidades, limitando las funciones no esenciales por lo cual se produce en el escalador la temida hipoxia,  caracterizada por una desorientación, baja de las percepciones sensoriales, dolor de cabeza, de estómago y mareos y posible acumulación de fluidos en los tejidos del  pulmón y el cerebro. El corazón late apresuradamente aún en reposo y es sometido a gran esfuerzo con dar solamente un paso. Los que tienen la desgracia de caer al suelo en esas condiciones no pueden ser socorridos por sus acompañantes pues ese esfuerzo extra puede comprometer incluso la vida del propio salvador. De allí la gran  cantidad de muertes.

            Los años de finales del siglo XIX y comienzos del XX fueron los de las grandes hazañas geográficas por parte de los europeos. Conquistados los polos norte y sur, los ingleses dirigieron su  atención hacia el Everest. Armaron una gran expedición en 1921, procediendo a cartografiar la zona y concluyendo que la parte más accesible era la arista nordeste, desde el Tibet. Volvieron en 1922 con la intención de hacer cumbre y lograron batir el record de  altura al escalar hasta los 8.300 m, pero un gran accidente que costó  la vida a varios sherpas los obligó a volver a su país sin haber coronado con éxito la misión, llevándose, no obstante, dos lecciones: el uso de oxígeno es indispensable a grandes alturas y para escalonar la ruta a la cima es necesario disponer de campamentos avanzados a medida que se gana en distancia y altitud.

          Tras un año de descanso y de recolección de recursos, volvieron en 1924 para la arremetida final. Pero la tragedia volvió a cernirse y esta vez sobre ellos mismos.

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Por lo extenso, este reportaje deberá continuar y concluir mañana 

            

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