La Vuelta Chile por Mejillones

Inscríbete !!


Servicios

 

descubrelatecnologia.gif



 

 

 

 

Navegación guiada

Últimas fotos de Personas y Familias

1337771127126-CIMG3947.JPG
1337771005220-CIMG0078.JPG
1337770945823-CIMG0084.JPG

Últimas fotos de la ciudad

415.JPG
402.JPG
384.JPG

Navegación guiada

Contrapunto entre "Héroes" y "La Esmeralda 1879"

Enviado por Mario Pérez Salinas el 30/05/2010 a las 1:50
Mario Pérez Salinas

La_Esmeralda_1879.jpg

 

            He leído prácticamente todo lo que existe sobre el Combate Naval de Iquique, más o menos desde los catorce años de edad: libros, crónicas, documentos, reportajes, novelas, etc.; y por ello creo tener  base suficiente para intentar  una crítica a las dos realizaciones filmográficas que se han montado en el presente acerca de ese hecho histórico; en la televisión, con el capítulo correspondiente de la serie “Héroes”, de Canal 13, dirigida por Gustavo Graef  Marino; y en el cine, con la película recientemente estrenada “La Esmeralda 1879”, mega obra del director cinematográfico Elías Llanos, tataranieto de don Bernardo Llanos, el noble español habitante de Iquique ese 21 de mayo benemérito, quien se preocupó de rescatar los restos de Serrano y Prat después  del Combate, y darles digna sepultura. 

            Se sabe que las dos obras son grandiosas, hechas con mucha rigurosidad histórica y apego al sentimiento patriótico y casi reverencial que impera en torno a esos sucesos y sus protagonistas; y que contaron con la inversión de ingentes recursos. Se dice, por ejemplo, que la producción de “La Esmeralda 1879”  bordeó los 12 millones de dólares; y también ha quedado manifiesto el gran esfuerzo investigativo desplegado en torno a ambas realizaciones, incluso con bajadas ex profeso a los restos de la nave sumergida, en las aguas de Iquique, para apreciar in situ su real envergadura y proceder a su reconstrucción fiel, los unos, los de la televisión, a través de imágenes digitales; y los otros, los del cine,  con su reconstitución directa con materiales modernos.        

            No obstante –y por eso durante mucho tiempo nadie se atrevió a asumir esta temática hasta cierto punto divinizada por el sentir nacional chileno-, siempre va a quedar gusto a poco. Y es que la única manera de recrear cien por ciento y en forma fidelísima los hechos, es remontarse en el tiempo y revivirlos. Y eso, demás está decirlo, es imposible.

pratheroes_matrimonio.jpg

            Arturo Prat Chacón era un adulto muy joven en el momento de su muerte, con 31 años recién cumplidos (había estado de cumpleaños el 3 de abril próximo pasado del Combate), por lo tanto la figura de Andrés Waas (actor valdiviano, por si acaso), de “Héroes”, se le aproxima considerablemente más en lo físico que la del cuarentón Jaime Omeñaca, de “La Esmeralda 1879”, pero la actuación de este último quizás refleje mejor el carácter del Héroe, reservado, reflexivo, meticuloso. El capitán sufría de erisipela, una enfermedad nerviosa, originada en su caso en el doble esfuerzo que tenía que realizar en su trabajo de oficial de la Armada y sus estudios de abogado, la cual le produjo calvicie incipiente. En sus cartas enviadas desde Mejillones, a bordo de la Esmeralda, que se encontraba de estación en nuestro puerto, entonces bajo administración boliviana, le cuenta a su esposa, Carmela, la desazón que le producía la caída de cabello. Y ella le enviaba recetas de menjunjes al efecto. Lo que significa que la apariencia física de Prat era muy distinta en 1876, cuando casó con Carmela, de la del momento del Combate, en 1879. Y sin embargo el director de “Héroes”, no hace mayor distingo al respecto, presentando la imagen del personaje en iguales condiciones en las tomas de ambos episodios. Un error sólo distinguible por expertos. Además, esa gorra no corresponde en ningún caso, porque constituye una pieza de uniforme naval y militar propia del siglo XX, y originada en Europa y Estados Unidos. ¿Por qué en la serie televisiva esa gorra no es la tipo quepis  que sí  llevan Uribe, Serrano, Eusquiza, entre otros? En este  sentido hay que reconocer que la película “La Esmeralda 1879” está en lo correcto en dicho aspecto, manteniendo mayor rigurosidad en la reconstitución de los uniformes de la época.

            La corbeta Esmeralda estaba en muy malas condiciones a inicios de la Guerra, más servible para bloqueos de puertos que para combates en mar abierto. Pero no se encontraba inmovilizada, pues de otro modo no habría hecho el largo viaje entre Valparaíso e Iquique. Sus calderas, en mal estado, sufrieron fuertes averías con los bruscos movimientos a que fue sometida en los aprestos de las acciones de aquella primera hora de esa mañana del 21 de mayo, las que se fueron agravando con las trepidaciones del intenso cañoneo sostenido por toda la batería a lo largo del combate. Pero no perdió el andar total, o si no no habría podido salir del sector El Colorado hasta dos millas al norte, a eso de las 11.00 A.M., lugar de su ultima ubicación. Sólo quedó inmovilizada con el segundo espolonazo, porque se inundaron sus compartimientos bajos y se apagaron sus fuegos al comenzar a hundirse lentamente. Y aún así el Huáscar le dio un tercer y último espolonazo que la envió a pique casi de inmediato. En este sentido, cabe destacar la brillante reconstitución de la nave por la producción de “La Esmeralda 1879”, y especialmente su toma aérea al comienzo del film, la cual resulta emocionante, no quedando más que pensar que así tiene que haber sido el buque en realidad. Sin embargo, allí nunca se le ve navegar, dando la sensación de que siempre estuvo inmovilizada. Y pasa lo mismo con el remake del Huáscar, cuya imagen, dado su inmovilidad, se me antojó, en un primer vistazo, –perdónenme-  más el Nautilus del capitán Nemo o el cetáceo mecanizado de Tiburón II y III.  Además, el ingeniero Hyatt no estuvo nunca en cubierta durante el combate, puesto que su misión estaba abajo, en la máquina. Y la disciplina era tan estricta que hasta se mantenía centinela armado de fusil y bayoneta en cada acceso al exterior de la embarcación para que cada cual se mantuviese en su lugar. Lo cuenta el cirujano Guzmán, quien, extrañado de que no le llegase ningún herido en más de 1 hora de pelea, no obstante el fuerte cañoneo, quiso subir a cubierta a inquirir lo que pasaba, y sin embargo el guardia se lo impidió. Sólo pudo hacerlo en el momento del colapso final, cuando comprobó que el centinela estaba muerto  de un balazo de ametralladora enemiga, y entonces alcanzó a apercibirse de la inmensa destrucción a bordo y a ser testigo del abordaje de Serrano. En los trágicos momentos en que la nave se hundía, dice Guzmán, nadie subió desde los compartimentos interiores. Todos los mecánicos, ingenieros, fogoneros y demás sirvientes de entrepuente o se ahogaron o perecieron víctimas de los últimos cañonazos.

            Arturo Prat fue primero comandante de la Covadonga, con la cual zarpó de Valparaíso, en convoy con la Abtao, comandada por Condell, el 4 de mayo de 1879. A él mismo le tocó el alistamiento del buque y la conformación de la tripulación, para lo cual buscó a oficiales conocidos que habían quedado en tierra cuando el grueso de la escuadra se trasladó al Norte a principios de abril. Uno de ellos fue el guardiamarina Arturo Wilson, quien fuera su alumno en la Escuela Naval y se encontraba retirado del servicio. Prat lo convenció para volver y lo hizo su oficial ayudante. Igual que Ignacio Serrano, su compañero de curso en la Escuela, quien a la sazón era gobernador marítimo de Tomé. Prat lo buscó y llevó a la Covadonga con el grado de teniente 2°. Sin embargo, en la serie “Héroes” sólo aparece el teniente Eusquiza. Se trata de Demetrio Eusquiza Ojeda, teniente 2° de la Covadonga en 1879, a las órdenes de Prat en primera instancia, y después a las de Condell. Combatió en Iquique y Punta Gruesa lo que le valió su ascenso a teniente 1°, grado con el cual participó en Angamos, ya bajo el mando de Joaquín Orella.

           Y también estaba el teniente Estanislao Lynch, con igual performance.

            El 10 de mayo llegaron la Covadonga y la Abtao a Iquique, a juntarse con el resto de  la Escuadra. Al día siguiente, el almirante Williams, para su planificado ataque al Callao, dispone cambios en las jefaturas de los buques. De la Esmeralda saca al capitán Manuel Thompson y lo lleva a la Abtao, pues tenía la idea de convertir a este buque en brulote y llevarlo temerariamente a estallar encima de unos de los blindados enemigos. El enroque natural era con Condell, comandante de esta corbeta, pero como Prat era de mayor graduación le correspondió el mando de la Esmeralda y el del bloqueo de Iquique que quedaba cubierto con sólo con sólo dos naves menores y debilitadas. La segunda de las mismas era la Covadonga que, como todos sabemos,  al fin quedó al mando de Condell. El comandante Prat se llevó a la Esmeralda a Wilson y Serrano, y ahí se encontró también con su primo el teniente Luis Uribe, como segundo comandante, y con su antiguo amigo el guardiamarina Ernesto Riquelme. Para reforzar la Covadonga, la jefatura superior dispuso el trasbordo a ésa, como  primer oficial, desde la Esmeralda, al teniente Manuel Joaquín Orella.  

            La estrategia del combate defensivo frente al posible arribo  de navíos superiores en Iquique, estaba escrita. El bloqueo al puerto nortino duró más de 40 días, durante muchos de los cuales los blindados chilenos salieron en busca de los adversarios imaginariamente avistados en diferentes áreas de la extensa costa de Tarapacá y Antofagasta. Para ello, las instrucciones del almirante Williams a los comandantes de las naves de madera que quedaban en Iquique eran, según un documento de don Rafael Sotomayor, ministro representante del Presidente de la República en campaña, mantenerse en poco fondo, interponiéndose entre los fuegos del enemigo y la población, para obligar a aquél a venirse al espolón y entonces intentar abordarlo. Es lo que hizo Prat el 21 de mayo, dando la misma orden a Condell, quien al final opta por salir al sur, siempre bordeando la línea costera para atraer a uno de los blindados sobre sí, en este caso la Independencia que a la postre varó en su persecución.

            No he visto registro alguno que indique que Prat bajó de la toldilla de la Esmeralda durante el combate, excepto a los inicios, cuando desciende expresamente a su camarote a vestir su traje de media parada y arreglar sus papeles. “La Esmeralda 1879” lo muestra dirigiendo el combate a ras de cubierta, bajo el piso de la toldilla y a cubierto tras las amuras. Puede ser.  No hay documento que afirme lo contrario. Sin embargo, una carta del capitán de altos de la Covadonga, testigo directo de la actuación de Condell en Iquique y Punta Gruesa, deja expresamente manifiesto que ese capitán nunca se movió de su lugar  original de combate, alentando con su ejemplo al resto de la tripulación, y dando siempre desde allí certeras órdenes e instrucciones.

            En Valdivia vive un descendiente directo de don Wenceslao Vargas, el último sobreviviente del combate naval de Iquique, en el cual participó como grumete de la Esmeralda, fallecido en Valparaíso, en 1958, a los 93 años de edad, con el grado de vicealmirante de la Armada nacional. Él cuenta que su tatarabuelo nunca escuchó la arenga de Prat, por encontrarse abajo pues estaba destinado al servicio de pasaje de granadas y sirviente del cañón Nº 6. También resulta difícil pensar que el comandante haya recurrido a un grumete para retirar cierta documentación confidencial desde su camarote. Para eso estaban los guardiamarinas, oficiales ayudantes. Y consta que minutos antes del primer ataque del Huáscar, Prat le hizo ciertos encargos personales al guardiamarina Vicente Zegers. También es difícil concebir que un corneta tenga que ser buscado por toda una unidad, en este caso un buque de guerra, para presentarse ante su comandante a recibir órdenes. Los cornetas están para transmitir por medio de toques de su instrumento a cargo, corneta o tambor, las instrucciones de su jefe, por lo cual deben mantenerse a su vista siempre. Finalmente, el sargento Juan de Dios Aldea tenía sólo 26 años de edad al momento del combate, y en este aspecto el actor que le encarna en “Héroes” resulta más apropiado al papel que el de “La Esmeralda 1879”. La Artillería de Marina era una mezcla de marinos y soldados. Tenían a su cargo la seguridad a bordo de los buques. Custodiaban la bandera, servían de rifleros y saltaban al abordaje (casi todos los que saltaron al abordaje con Serrano eran de este cuerpo). También constituían un regimiento en tierra. A bordo de la Esmeralda había todo un destacamento al mando del subteniente Hurtado, con Aldea como segundo jefe. También había cabos 1º y 2º y soldados rasos. Lo más probable es que fueran los cabos los encargados de la instrucción de la tropa bisoña, y no el sargento mismo. En cuanto a los niños, en la Esmeralda se contaban no menos de 34, puesto que Williams había dispuesto, al partir al Callao, que todos los menores de 15 años, que eran aprendices y formaban parte de las tripulaciones de los diferentes buques, quedaran en Iquique para mantenerlos alejados del peligro, oh ironía del destino. Entre ellos estaban los hermanos Amigo el menor de los cuales tenía apenas 10 ó 12 años de edad.

            Y llegamos al momento del abordaje. Al respecto, uno tiene la idea de que Prat lo acometió en forma premeditada y decidida (consta que en su viaje de 6 días en la Covadonga entrenó a su gente en esta forma de combate en el mar). Y esa decisión tiene que haber sido mayor en el instante en que se da cuenta de que sólo el sargento Aldea pudo seguirlo. Por eso, su paso sobre la cubierta enemiga tiene que haber sido resuelto y  enérgico. A la torre de los cañones o a la torre del comandante, a intentar hacer algo, pues sólo la muerte podía esperarlo. Así también lo pinta Somerscales en su magnífico óleo. Por eso me chocó la imagen del actor Waas (he visto la serie las dos veces que la han exhibido) caminado casi en puntillas sobre la cubierta del Huáscar, como con miedo, cosa que no cuadra con el carácter de Prat, ni con su trayectoria, y quien además estaba consciente de que toda su gente lo observaba desde la Esmeralda. Por lo que tengo que concluir que en este sentido está mejor lograda la correspondiente escena de “La Esmeralda 1879”. Prat y Aldea murieron de disparos provenientes desde la ametralladora instalada en la cofa del Huáscar. Aldea recibió varios de ellos en todo su cuerpo, algunos en las piernas y en los empeines de los pies (lo que demuestra que los balazos venían de arriba a abajo); Prat, uno en la rodilla, y se dice que otro en la espalda (seguramente cuando se volvió a mirar a su subordinado caído). Después recibió un disparo de cerca, de fusil Comblain, en la cabeza. Su cuerpo se agitó un poco sobre el tablamen (lo contaba don Bernardo Llanos, que después vivió en Valparaíso) y al final quedó exánime. Posiblemente haya recibido un culatazo de remate, eso no está claro.

            La lid prosiguió con Uribe al mando, quien se dirige desde el castillo de proa (ese era su lugar de combate y no otro) a la toldilla y envía al guardiamarina Fernández Vial a clavar la bandera (una vez estuve en el Museo Histórico en Santiago, en donde está el pico de mesana de la Esmeralda, lugar de la bandera, y traté ver los hoyos en donde habrían estado enterrados esos clavos).

            La Esmeralda se hundió a las 12.10 Hrs., al tercer golpe de espolón. La batería de tierra le había hecho más de 70 disparos, y el Huáscar, con su artillería principal, por lo menos 15, y quizás el doble con la artillería secundaria. Los náufragos, al ser subidos a la cubierta del Huáscar, mojados, ateridos y semidesnudos, desfilaban ante el cuerpo inerte de su comandante Prat, que quedó donde mismo cayó, descubierto, con sólo un pañuelo cubriéndole la cabeza. En un descuido, el guardiamarina Zegers levantó el pañuelo para verlo, y se pudo apreciar la ancha herida de su frente.

 

            Los marinos sobrevivientes sollozaron, emocionados.

 

                             .

                       .           .


                                                                         Las obras fílmicas comentadas, constituyen realizaciones grandiosas. Las primeras en la temática y quizás las mejores que se hagan jamás, más que nada por su rigor histórico. A través de ellas, el público tiene otra forma de admirar esos sucesos casi legendarios,  más allá de las fuentes escritas, pudiéndose vivenciar en sus imagenes las figuras, los uniformes, las armas, las costumbres, las embarcaciones de entonces. Notabilísima resulta la reconstitución de la Esmeralda, su cubierta, sus camarotes y su entrepuente. Es realmente como volver al pasado.

            En casa, estaba solo viendo el programa en la tele. Pero en el cine escuché aplausos al término del film, antes de que se prendieran las luces. Ello habla del éxito alcanzado, no obstante mis críticas que han sido hechas con la mejor intención.

 

 

 

Contra punto...

Enviado por el 05/06/2010 a las 09:21 PM
PETER   SARATSCHEFF  LÖSCH

QUE BUEN ARTÌCULO MARIO. SE NOTA TU VETA DE HISTORIADOR QUE BUSCA INCANSABLEMENTE LOS DETALLES DE CADA ARISTA DE LA HISTORIA. TUS CRÌTICAS SIEMPRE SON CONSTRUCTIVAS, EN ESPECIAL EN LO QUE A LA HISTORIAS PATRIAS SE REFIEREN.

ESTOY CASI SEGURO QUE ESTOS VIDEOS YA LOS VISTE... http://www.youtube.com/watch?v=jznB2D6WRBk Y TE IMAGINO EXTACIADO EN UNA OPERACIÒN COMO ESTA...CHAO...PS.


Detalles.

Enviado por el 08/06/2010 a las 10:58 PM
Rubén Betanzo

En realidad las fotografías de la época muestran que los oficiales de la armada en 1879 usaban gorras y no kepis (Ej.: Foto de Patricio Linch). El testimonio de los sobrevivientes es que el ingeniero salió a cubierta a pedir permiso para evacuar cuando muere reventado por una granada. Los demás ingenieros mueren en la escalerilla esperando cuando les alcanza una granada, el ayudante de cirujano se salva milagrosamente. Condell no está bajo la toldilla por que la Covadonga no tiene, sin embargo ordena desde bajo el puente de mando. Prat debe haber comandado todo bajo la toldilla de Proa por que esa era la costumbre en combate. Nadie pudo ver los detalles de lo sucedido con Prat en la cubierta del Huáscar, y es imposible que Llanos pudiera ver mucho, más parece que sus recuerdos han pasado por la idealización de los años. La autopsia de Prat muestra una herida mucho peor que la de una bala de Comblain en su frente, la cual está partida uniformemente. La versión peruana señala al marino Portales como autor del disparo, que fue seguido de culatazos. Portales fue custodiado por orden de Grau quien quería hacerle juicio por "repase", pero luego cambió de opinión. Los niños cornetas estaban disponibles en combate, pero cuando no estaban en esas circunstancias era posible que estuvieran en otro lugar, incluso en el baño. Los buques en la película si se mueven, pero a la reales velocidades que les corresponde: El Titanic colisiona a unos 22 nudos y eso corresponde unos 40 Km./H, y el Huáscar podía andar a 10 nudos, eso arroja como unos 9 Km/H, y la Esmeralda, con sus máquinas malas y sus calderas reventadas no superaba en ese momento los 2 nudos ¡O sea que cuando voy a comprar el pan ando más rápido! Finalmente señalo que todo parece indicar que la Covadonga solo trataba de huir, y que la pérdida del Independencia fue un hecho afortunado o de la providencia.


Respuesta a Detalles

Enviado por el 19/06/2010 a las 07:36 PM
Mario Pérez Salinas

       Cuando escribí el artículo lo hice de memoria, así que pude haber caído en algunas imprecisiones, o no lograr darme a entender exhaustivamente. Al referir el caso del ingeniero 1º  Eduardo Hyatt, estaba pensando en que en la película aprecié su personaje demasiado tiempo en cubierta (puedo estar equivocado, y tendré que intentar ver la película de nuevo), incluso combatiendo y disparando fusiles desde allí, lo que contraría la Ordenanza la cual dispone que en combate todos tienen que mantenerse en su lugar, y el de él estaba abajo, en la máquina. Pero lo cierto es que don Eduardo subió a cubierta después del segundo espolonazo, a dar cuenta al comandante, que en ese minuto ya era Uribe, por muerte de Prat, del estado de los compartimentos bajos, en los cuales se había abierto una brecha que ya tenía a la gente con el agua a la rodilla, y que nada más  podía hacerse en el lugar  pues los fuegos se habían apagado con la inundación. Por su lado, Uribe dice en su parte, que él lo mandó a buscar para indicarle tener todo listo y abrir las válvulas y echar el buque a pique a su orden.  Hay una versión que afirma que Hyatt incluso habría subido una vez antes, a los inicios del combate, llamado por Prat para indagar el estado de la máquina ya que él requería imprimir más velocidad. La verdad es que el ingeniero en esta segunda ocasión no alcanzó a volver pues fue alcanzado por el fuego enemigo. Sánchez dice: “Sobre la muerte del ingeniero primero, todavía no hemos podido saber si ha muerto por las balas o ahogado. Cuando dio cuenta de que la máquina no podía funcionar, hablé con él y no le vi más”. Los ingenieros 2º y 3º, los mecánicos y fogoneros y el personal de sanidad y ayudantes fueron todos muertos o malheridos por una bomba que cayó en el lugar en que estaban esperando a su jefe, una escalerilla del entrepuente. Sólo se salvó el ayudante de cirujano Germán Segura quien logró llegar arriba y esquivar los tiros tras uno de los palos del buque.   

       Acerca de si  Prat dirigió el combate en la toldilla o bajo ella, siendo esto último lo lógico y lo que muestra la película, dado el fuego cruzado a que estaba expuesta la Esmeralda, reitero que no hay versiones claras al respecto. Es más, revisando las declaraciones de los sobrevivientes aprecio que todos se refieren en términos de “arriba, en la todilla” o “subió a la toldilla”. Lo único claro es que no estuvo en el castillo de proa porque este era el lugar del subcomandante, el teniente Luis Uribe. Por último, con respecto a este punto, el hecho de que la Covadonga no tuviera toldilla sino sólo un puente de mando, es nuevo para mí.

       En relación al tema “cubrecabezas de los oficiales”, no he dicho que éste fuera quepis, sino que el que usa el personaje de Prat en la serie “Héroes” no corresponde, por diferir del que inexplicablemente llevan en la misma serie todos los demás oficiales, la gorra “tipo quepis” (en el sentido de que tiene menos alas que la de Waas, el actor); y de la que lleva el personaje en “La Esmeralda 1879”, que sí corresponde a la realidad, porque también la podemos apreciar no sólo en el retrato de Patricio Lynch, sino que en el de Juan José Latorre, Luis Castillo Goñi, Oscar Viel, Eulogio Goycolea, Estanislao Lynch, Augusto Castleton y tantos otros. El quepis era una indumentaria propia del ejército, copiada de los franceses. También lo usaba la Artillería de Marina (Aldea lo llevaba).    

        Acerca de mi imputación sobre la navegabilidad de los buques en “La Esmeralda 1879”, manifiesto que, por haber sido criado en Mejillones, y haber vivido entre este puerto y el de Antofagasta hasta los 25 años de edad, puedo darme cuenta perfectamente de si una embarcación navega o no, así sea un simple bote a remos. Porque está el bamboleo normal de la estructura, el cabeceo de la proa, los espumarajos y la estela. Pero concedo que en este punto soy demasiado crítico, no haciendo mayor honor al inmenso logro de la producción de la película, de reconstituir esas naves prácticamente iguales a como eran en 1879. Por lo tanto, concedo, pero no sin antes dejar en claro que la Esmeralda navegaba originalmente a 8 nudos, pero que por el mal estado de sus calderas llegó a Iquique haciéndolo sólo a 4. Cuando, el 21 de mayo, el comandante ordenó “toda la fuerza adelante”, se rompieron los parches y se desprendieron los tubos de la máquina a vapor, quedando su andar reducido a 2 nudos. Aún así capitán y timonel lograron casi esquivar el primer impacto de espolón, el cual no llegó a ser letal. Por su parte el Huáscar tenía un andar de 10 nudos. Cuando emprendía el ataque daba toda la fuerza, pero a medio camino la disminuía a la mitad para llegar casi con el puro envión al choque mismo (parte de Grau). Luego echaba  marcha atrás para desprenderse.

       Sobre el caso del corneta, mi impresión es que la película emplea demasiados minutos en su busca por todo el buque porque su capitán lo necesitaba para darle instrucciones. También puedo estar equivocado, pero mi experiencia en el servicio militar me dicta que los militares profesionales practican por norma el tener todo planificado y bajo control para la acción, con puestos o cargos titulares y sus respectivas reservas o reemplazos (aún si los primeros están en el baño). Para el caso de la Esmeralda, recordemos que no estaba en peligro de, si no que ¡estaba en guerra!, a cargo del bloqueo de un puerto enemigo, bajo el peligro latente de la aparición subrepticia de naves contrarias, o, lo más peligroso, del disparo de torpedos desde tierra. Por lo tanto, todo el mundo a bordo de las tres naves que había allí debía estar con los ojos muy abiertos, dispuestos a las alertas y a las voces de mando.

       Finalmente, sobre la muerte de Prat, he revisado los testimonios, y todos, escritos en el cautiverio, en Iquique y a pocos días del combate, dicen haberla de alguna manera presenciado. Teniente 1º Francisco Sánchez: “… y acto continuo saltó, viéndolo un momento después caer con la espada en la mano al pie de la torre”. Teniente 1º Luis Uribe: “El que suscribe se encontraba en el castillo de proa y desde allí tuve el sentimiento de ver al bravo capitán Prat caer herido de muerte, combatiendo al pie de la misma torre del Huáscar”. Guardiamarina Vicente Zegers: “Los que lo vieron de cerca dicen que, poniéndose pálido y demostrando en los ojos el fuego patrio que lo animaba, se adelantó seguro hacia la torre… más no pudo realizar su deseo porque en aquel mismo instante recibió un balazo en la cabeza que lo dejó muerto sobre cubierta”. Cirujano Cornelio Guzmán, refiriéndose a Serrano: “Miré al Huáscar, que estaría a 50 metros de distancia, y vi a un grupo de marineros chilenos en el castillo de proa, con sus armas en las manos; vi al teniente Serrano cuando con su espada levantada avanzaba hacia la torre enemiga…” El mismo Zegers: “Sólo alcanzó a saltar Serrano seguido por doce valientes más. Yo los vi cuando avanzaban por el castillo del Huáscar, bajando enseguida a la cubierta y acercándose a la torre, al pie de la cual recibió el teniente Serrano un balazo que lo tendió en cubierta…”

            Seguramente, el testimonio de don Bernardo Llanos se encuentra en los terrenos de la leyenda. El escrito, si alguna vez existió, se ha extraviado y sólo queda la versión transmitida oralmente cierta vez por uno de sus descendientes. Pero puede ser que el caballero haya averiguado algo con algunos de los tripulantes del Huáscar, en Iquique mismo, y de allí haber recibido información más cercana. Está por ejemplo, el caso, del reporte realizado por periodistas chilenos a prisioneros del Huáscar, en Valparaíso, después de haber caído prisioneros en Angamos. Afirma uno de ellos haber participado en el levantamiento del cuerpo del comandante, el cual se quejaba y hablaba entrecortado. Y aquí se ve al tiro que el tripulante está confundiendo el caso de Prat con el de Serrano, pues, de acuerdo a observaciones realizadas posteriormente por entendidos al cadáver del primero de estos marinos, la herida que recibió tiene que haber sido de resultado mortal inmediato. Empero, yo utilizo todas las versiones porque en mi fuero interno he estado todos estos años tratando de reconstituir lo que fueron esos momentos supremos, segundo a segundo. Y allí entra mucho la deducción como la simple intuición.

       El marinero peruano Mariano Portales existió. Era de raza negra, alistado de apuro en El Callao, y se supone que “repasó” el cuerpo agónico de Prat con un feroz culatazo. Por ello, el comandante Grau lo mandó a tomar prisionero, ya que su deseo íntimo era conservar la vida del capitán adversario (carta de Grau a su cuñada chilena, esposa del marino Oscar Viel, comandante de la Chacabuco). Y desistió de la medida disciplinaria sólo por la intercesión de sus oficiales en favor del marinero. Al respecto, no conozco la mencionada autopsia a Prat. Pero sé que, al exhumarse sus restos para ser reconocidos con motivo de su definitivo traslado a Chile y posterior sepultación en la Cripta de los Héroes, en Valparaíso, se pudo observar que la parte superior del cráneo estaba hundida, y ello supone más que la acción de un balazo. Sólo que yo me niego a aceptarlo.

       Para terminar, una palabra sobre Condell y la Covadonga, y para ello recurro al testimonio de un participante directo en las acciones de Iquique y Punta Gruesa, el aprendiz de mecánico de la Covadonga, y posterior teniente de Artillería de Marina, J. Arturo Olid, quien ese 21 de mayo estuvo muy cerca del capitán Condell, sirviendo de puente de comunicaciones entre el comandante y el ingeniero Cuevas, a cargo de la máquina. Asegura Olid haber visto a los oficiales de la Covadonga, Orella, Eusquiza y Lynch, intercambiar opiniones con su capitán, en el puente de mando, y haber escuchado las decisiones a seguir: abandonar el encierro de Iquique, tratando de dividir las fuerzas adversarias, intentando atraer una de ellas sobre sí. Con ello, Condell no desobedecía a Prat porque se mantenía en bajo fondo y siempre interpuesto con tierra. La verdad es que la Covadonga no tenía ninguna posibilidad de huir (de haberlo pretendido, lo habría hecho en la mañana temprano, apenas se divisaron los dos humos al norte, a toda máquina y con el velamen desplegado a todo viento). Se trataba de una goleta con 4,5 nudos de andar contra una fragata blindada de 9 ó 9,5 nudos. De dos cañones de 70 libras contra un poder de fuego de 16 cañones de 250, 150 y 70 libras y dos ametralladoras. De 140 hombres de tripulación contra 300. Además la nave estaba seriamente averiada pues el Huáscar, en los momentos en que contorneaba la isla (lo que es el puerto de Iquique hoy) le asestó un disparo que la atravesó de parte a parte, abriéndole una ancha vía de agua que fue parcialmente taponada con lona. No habría llegado muy lejos. De allí que la teoría de la huida no resista ningún análisis, y sólo sirva para fundamentar las posiciones de los ultra nacionalistas peruanos que han pasado 131 años tratando de empequeñecer el heroísmo de Prat y de justificar la pérdida de la Independencia. La solución siempre estuvo en el abordaje, de acuerdo a instrucciones, y la prueba está en que con la última intentona del blindado enemigo, Condell voceó que aquella era la definitiva, con lo cual la gente se fue corriendo hacia popa por donde se veía que sería el choque, disparando con todo lo que tenía a mano, y dispuestos todos a saltar. Lo dice Olid, alguien que estuvo allí. Pero entonces pasaban por Punta Gruesa, y todos saben lo que ocurrió.

      Puedo haber estado errado en algunas apreciaciones, pero en esta última soy firme y la mantengo con convicción, por haber accedido a los fundamentos apropiados.

       En todo caso, está bueno el intercambio de opiniones. Es positivo que se toquen estos temas, y podríamos abordar otros más.

       Termino reiterando mi homenaje a los realizadores de “Héroes” y “La Esmeralda 1879”.

 

 

 


Detalless

Enviado por el 16/05/2011 a las 03:44 AM
Rubén Betanzo
Aclaro que me refería más a los detallitos de la película que a los de tu artículo. Aun así, definitivamente no veo un "quepi" en la foto de Linch. Las gorras no tienen alas, pero definitivamente imitan el estilo inglés y núnca el frances.

Los ingenieros y fogoneros no podían subir a cubierta sin una orden expresa del comandante (hasta podían ser retenidos a punta de fusíl). Quedan en la escalerilla esperando que su superior inmediato suba a pedir esa orden. No creo que él perdiera tiempo combatiendo mientras dejaba a us compañeros esperando a su suerte... y el agua no subió hasta la cubierta sino luego del tercer espolonazo.

Las ordenes militares no se relativizan, Prat le dijo por bocina que se quedara y usara a la población para que el enemigo tuviera que disparar por elevación. El testimonio de Olid solo refuerza el hecho de que Condell desobedeció una orden clara y directa, pero no es algo que deba ser jusgado en sentido moral, pues tenía valor estratégico para dividir a fuerzas superiores y mantenerse con vida el mayor tiempo posible. Lo del abordaje al Independencia es imposible físicamente (francobordo), con lo que el testimonio de Olid pierde todo sentido en esa parte.

Es la propia comandancia de la armada quien reconoce a los pócos días (por supuesto, en cartas no publicadas en ese entonces) que "Dios podría cansarse de ayudarnos", o sea, que fue una acto de Dios más bien que un triunfo de la estrategia. ¿Como podríia condell adivinar una roca sumergida que no figura en las cartas? Simplemente estuvieron en el lugar y en el momento oportuno y lo hicieron con "una vizarría extraordinaria" (a decir de Grau).

No hay una literal "autopsia a Prat", sino que me refiero a las conclusiones forences (publicadas) que se sacaron a partir del testimonio de quienes vieron el cadáver de Prat esa noche, así como de los restos óseos cuando lo que refieres: "De la frente, incluso las cejas, no había cara y el cráneo estaba aplastado hasta la nuca".

Este combate fue una catástrofe, solo convertida en mito martirológico por la propaganda de guerra. Pócos exámenes críticos se han hecho de este evento.

Nadie, más que el que lo repazó, podría haber visto algo en los ojos de Prat. El ángulo de tiro de las gatling y la fusilaría descarta harto de la imágen popular del "abordaje" de Prat. A continuación algunos links interesantes para, al menos, abir a la opinión pública la posibilidad del debate en torno a estos temas.

http://www.bubok.com/libros/22315/Historia-Ilustrada-del-Celebre-Combate-Naval-de-Iquique

http://fdra.blogspot.com/2010/05/guerra-del-pacifico-apuntes-sobre-el.html

http://escuela.med.puc.cl/publ/ArsMedica/ArsMedica7/Art06.html

Comentarios de este artículo en RSS