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DIA DEL TRABAJO o del Trabajador?

Enviado por PEDRO MARCELO ROJAS HERRERA el 29/04/2011 a las 1:02
PEDRO MARCELO ROJAS HERRERA

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El Día del Trabajo, actividad mencionada en Génesis III-19,  luego de cometer la pareja humana su primer pecado e iniciar un complejo devenir, todo es trabajo: Bueno/Malo;  Bien remunerado/Mal remunerado; Esporádico/Permanente;  Fácil/Difícil;  Suave/Forzado;  etc.  Es decir siempre hay dos caras o dos lados.

La revolución industrial en el siglo XVIII, en cien años logró más avances que desde la prehistoria hasta ese momento, según confesaron nada menos que Marx y Engels en su Manifiesto comunista (1848).

Impresionaba la plusvalía en ese entonces, que se consideraba la única forma de acumular riqueza. El industrial robaba a su obrero igual como sucedía con las potencias colonialistas a las tierras ocupadas en el resto del mundo,  principalmente en América y en África.

La explotación del hombre en el trabajo,  no era percibida como tal,  gente piadosa no veía la esclavitud como crimen,  se entendía en algunos países como algo normal y regulado por sus propias leyes,  por lo tanto allí no se entendía que la capacidad de trabajo se extendiera casi sin límites.

A mediados del siglo XIX,  Estados Unidos progresaba con más rapidez que Europa por la inteligencia de las leyes que pudieron establecerse sobre bases firmes creadas por sus fundadores,   pero mantenían una increíble negación frente a dos injusticias enormes, que se fueron corrigiendo gracias a la solidez de sus instituciones: la esclavitud y la explotación inicua del obrero.

La Historia empezó así:

En 1829 se formó un movimiento para exigir a la legislatura de Nueva York la jornada laboral de 8 horas. Hasta ese momento, la ley prohibía exigir una jornada que excediera… ¡las 18 horas, salvo caso de necesidad! No tuvieron éxito. Mientras, Chicago se había transformado en la segunda ciudad del país. La mayor parte de los obreros estaban afiliados a la Orden de los Caballeros del Trabajo o la Federación Estadounidense del Trabajo. Más de medio siglo después del frustrado petitorio en Nueva York, un congreso obrero decidió ir a la huelga el 1° de mayo de 1886 para conseguir de una buena vez la jornada de 8 horas. Era una acción desesperada.

Un panfleto anónimo de la época relata cómo fue ese día histórico. Dice que reinaba un clima hermoso. El fuerte viento proveniente del lago, con frecuencia inclemente en primavera, había amainado y se gozaba del sol. El sábado era laborable, pero lucía calmo en más de un aspecto: las fábricas paradas y vacías por la huelga, los almacenes cerrados, las calles desiertas, los conductores ociosos, las construcciones detenidas y ninguna columna de humo surgía de las chimeneas. Muchos trabajadores reían, charlaban, bromeaban y estaban vestidos toscamente de domingo, acompañados por sus esposas e hijos. Pero el enemigo los acechaba desde sitios estratégicos.

A los lados de las calles había policías armados y agentes especiales para “hacer respetar la ley y el orden”. Desde los techos, asomaban rifles. Mil trescientos miembros de la Guardia Nacional se habían acuartelado. El Estado quería salvar la ciudad del insulto que significaba una jornada laboral de 8 horas. En Chicago, era frecuente que se rompieran las reuniones de trabajadores con garrotazos y cárcel. Se añadía un componente xenófobo, porque se consideraba a los líderes huelguistas como extranjeros que venían a destruir el país. Las palabras anarquismo y socialismo fueron demonizadas. Se admiraba al juez Charles Lynch que, en 1780, ordenó la ejecución de una banda de conservadores ( tories, para colmo) sin dar lugar a un juicio. Desde entonces se escuchaba: “Los postes de luz de Chicago serán decorados con el esqueleto de un socialista para que no propague el incendio”.

Ese 1° de mayo de 1886 no hubo derramamiento de sangre, pero la huelga continuó. El lunes fueron atacados los obreros despedidos de la fábrica McCormick. La policía se presentó con los revólveres desenfundados e hizo fuego contra la multitud en desbandada y mató a numerosos hombres que huían. Entonces, los dirigentes obreros decidieron convocar a un acto de protesta en la plaza Haymarket, con el debido permiso del alcalde. .  

José Martí, corresponsal de LA NACION en los Estados Unidos, describió su muerte: “…salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro… Hay firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el de Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita: «¡La voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora!». Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable”.

Ese mismo año, el presidente Andrew Johnson promulgó la ley que establecía la jornada laboral de 8 horas. No fue estéril la lucha. Avanzaba el país, avanzaba la racionalidad, avanzaba la justicia. La Segunda Internacional Socialista reunida en París realizó un homenaje a “los mártires de Chicago” y consagró el 1° de Mayo como el DIA DEL TRABAJO. Su mandato se extendió por el mundo entero, excepto pocos países, como los Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda, Australia, donde el Labor Day tiene otras fechas.

El Día del Trabajo significó un gran paso adelante, pero, adheridas a sus conquistas, vinieron las corrupciones. En nombre de los trabajadores se impusieron dictaduras de derecha e izquierda, se generaron infinitas injusticias y se sigue confundiéndolos con promesas y consignas hipócritas. Junto con su festejo debe profundizarse la reflexión acerca de los deberes que nos incumben en la actualidad.

 

Felicitémonos todos entonces por ser protagonistas en este famoso día.

Saludos,

Pedro Rojas Herrera

 

 

 

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