El edificio de estación de ferrocarriles de Antofagasta data de 1916. Ese año se inauguró la, para aquella época, moderna construcción de pino Oregón, erigida en líneas arquitectónicas neoclásicas y pintada de colores verdeados, que tenía por objeto reemplazar a la primitiva estación de calle Bolívar la cual data de la época post Guerra del Pacífico. Esta última ha sido declarada monumento nacional y convertida en museo histórico y ferroviario. La presente estación, no. Por el contrario, yace en el más completo abandono, cerrada y clausurada, tapiados sus accesos que a su vez han sido agredidos feamente por el graffiti. Ya no presta servicios, pues los pasajeros provenientes del otro lado de la cordillera son bajados en Calama y acercados a la costa en modernos buses, obviándose, por parte de la actual empresa poseedora, el uso del terminal ferroviario y con ello privando a los antofagastinos de un servicio de transporte más, al par que vedando a los paseantes de un recorrido que otrora se apercibía como muy interesante y apropiado para los siempre lindos atardeceres nortinos. En fin, afeando todo un barrio residencial que ensambla por calle Valdivia con el centro de la ciudad. Feo para Antofagasta y malo para sus intereses turísticos.
Para los mejilloninos, dicha Estación adquiere enorme significado pues constituyó por muchos años la puerta de acceso a la ciudad, cuando la empresa Ferrocarril de Antofagasta a Bolivia, que tenía su maestranza en Mejillones, proveía trenes diarios y gratuitos para el servicio de sus trabajadores y respectivas familias que viajaban a Antofagasta. Con el natural progreso de la movilización convencional de buses, esos viajes en tren quedaron reducidos a tres por semana: los miércoles, viernes y domingos. Para la época en que se cerró la estación, 1977, esos viajes ya se habían constreñído a los puros viernes, y domingo por medio. El viernes era el día de los estudiantes: el tren volvía a Mejillones a las 17.30 Hrs., y su pitazo de partida encontraba a sus vagones repletos de jóvenes que terminaban su semana de estudios y volvían a sus casas para recomponer fuerzas (y había algunos que retornaban a la ciudad el domingo por la mañana, aprovechando la gratuidad del servicio ferroviario). También es de recordar que cada 8 de octubre, señalado en el calendario como Día de Mejillones, y aprovechándose la cercanía del 12 de octubre que sí es feriado, la empresa, posiblemente en contacto con la Municipalidad, ponía a disposición del público un inmenso tren, pero esta vez desde Antofagasta a Mejillones, con salida desde la urbe a las 8.00 Hrs. y valor rebajado del pasaje. Entonces, por esos días la población de Mejillones se duplicaba y quizás triplicaba por la inmensa cantidad de población flotante, turistas, paseantes y visitas que colmaban sus lindas y amplias playas, y toda la extensión de la entonces terrosa explanada que quedaba flanqueada por la Capitanía, el Balneario Zlatar y la casa de los Salinas, por un lado, y el Almacén Génova y el Sindicato de Pescadores, por el otro, se colmaba de coloridas ramadas que tocaban estridente música al exterior durante todo el día y sin parar por la noche, al mismo tiempo que el balneario municipal se atestaba de gente y los juegos infantiles se instalaban por los alrededores. Todo eso se terminó con el cambio de manos en la propiedad de la empresa, lo que significó el traslado de la maestranza de Mejillones a la ciudad y con ello el término de los itinerarios de trenes y la clausura de la estación de Antofagasta.
Ahora vemos a este edificio en condiciones desastrosas, como mudo y lastimero testigo de un pasado que fue hermoso y que clama por no ser olvidado. Es casi imposible que la estación vuelva a prestar el servicio de tal, pero no resulta antojadizo llegar a pensar que su estructura pueda ser recuperada para beneficio de la ciudad, con su belleza arquitectónica y sus dimensiones notables, en bien del turismo y de los habitantes propiamente tales, como una forma de embellecimiento urbano y de acicalamiento de una barriada en particular que se constituye en importante vía de circulación.
Se dice que existe un proyecto de rescate arquitectónico. Pero, al igual que el caso de los muelles históricos, ello lo venimos escuchando por lo menos desde hace tres años a la fecha, sin visualizarse señas de concreción. No debe ser cosa de recursos. La empresa poseedora del edificio y los terrenos, la misma dueña de Quiñenco y Antofagasta PLC, el consorcio empresarial de mayor fortuna en Chile, controlador de varias empresas lideres en minería, industria, finanzas, alimentos y telecomunicaciones, hizo un enorme aporte a la comunidad con la reconstitución y mantenimiento de algunos de los nobles edificios de calles Bolívar y Balmaceda, en el casco histórico de la ciudad, demostrando que sí existe voluntad por la conservación del patrimonio cultural. Quizás sea asunto de gestión, a través del municipio, con proyectos FNDR o al amparo de la ley de monumentos nacionales. En pocas palabras, es tema de intención y de procedimiento puesto que queda a la vista que los recursos existen tanto en el ámbito público como en el privado. Por lo tanto es cosa de ideas, de tesón y planeamiento. Con ello ganamos todos, las autoridades, los directivos y dueños de las empresas, los residentes, los turistas. Y de paso ganamos también los nostálgicos, pero bien por la ciudad y su progreso.
















CUANTOS HERMOSOS RECUERDOS
Cuantos hermosos recuerdos ,ya que parte de mi infancia la pase en antofagasta cerca de la estacion ,recuerdo cuando veia a mi papá LUIS CARO (El rubio Caro ) caminar por los rieles camino a la estacion .Gracias Don Mario Perez, que Dios lo bendiga y siga publicando mas fotografias si es que tiene.